viernes, 4 de abril de 2014










A mediados de la década de 1940, cuando era niño, el escritor Gabriel García Márquez probó suerte como portero en equipos de la ciudad colombiana de Aracataca, aunque su pasión por el fútbol no florecería hasta principios de 1950. Aquel año, cuando todavía era aspirante a periodista, el futuro ganador del Premio Nobel de Literatura se mudó a la ciudad de Barranquilla para trabajar en el periódico El Heraldo. Después de enamorarse del Atlético Junior, uno de los clubes de la ciudad, García Márquez escribió varias crónicas sobre el líder de aquel equipo: el brasileño Heleno de Freitas.
El Doctor De Freitas, como lo llamaba Gabito, fue uno de los primeros astros extranjeros que llegó a Colombia durante la gloriosa época conocida como El Dorado, y lo hizo con la reputación de estrella de la selección brasileña y con un aspecto de galán que causaba sensación entre el público. En la temporada que jugó en el conjunto del Estadio Municipal Romelio Martínez, el brasileño, que para entonces ya tenía 30 años y había dejado atrás sus mejores tiempos, demostró una maestría con el balón que llevó a García Márquez a dedicarle largos ensayos, como los que publicó entre abril y julio de 1950, en los que el escritor dejaba clara la gran admiración que sentía por el futbolista.
Los regates, las exhibiciones y la intrigante personalidad de Heleno hicieron correr ríos de tinta en aquella época y fueron la primera gran fuente de inspiración de un García Márquez que tras su paso por El Heraldo acabaría consagrándose mundialmente con clásicos como Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera, entre otros. De forma similar, el fútbol colombiano, después de disfrutar de cerca de astros como el Doctor De Freitas, Garrincha, Dida o Quarentinha y de pasarse años idolatrando y midiéndose a jugadores como Pelé, Zico y Ronaldo, desarrollaría un estilo de juego inspirado en el fútbol brasileño y rayaría también a gran altura en las décadas siguientes.
El auge del fútbol cafetero llegó en los años noventa, cuando la generación de Carlos Valderrama –un diez clásico que parecía deambular por el campo con la única y deliberada preocupación de regalar pases de maestro–, Freddy Rincón y Faustino Asprilla se atrevió a desafiar la jerarquía del fútbol sudamericano al ridiculizar a Argentina en Buenos Aires en 1993 y presentarse en el Mundial del año siguiente como uno de los favoritos para el mismísimo Pelé.
En efecto, O Rei del fútbol, que había servido de inspiración para tantos jóvenes colombianos, entre ellos el propio Valderrama y Rincón, se rendía al fútbol de la selección cafetera. “Nos acordamos bien. Pelé había asistido a varios de nuestros partidos y siempre conversábamos un rato con él”, desvela Rincón a FIFA.com. “Conocía nuestro estilo de juego y lo que dijo no fue por casualidad. Lo que pasa es que aquello generó una responsabilidad muy grande para nosotros. Imagínese, ¡nada menos que Pelé decía que éramos favoritos!”, recuerda.
Las grandes expectativas generadas acabaron por no confirmarse en un Mundial que resultó decepcionante para el combinado cafetero, pero la relación de admiración entre Brasil y Colombia viviría nuevos capítulos, aunque esta vez en el sentido inverso. Rincón, por ejemplo, se marchó a São Paulo todavía en 1994 para jugar en el Palmeiras y posteriormente fue capitán del Corinthians que conquistó en el año 2000 la primera Copa Mundial de Clubes de la FIFA de la entidad paulista. Asprilla y, poco después, Víctor Aristizábal y Darío Muñoz también encandilaron al público brasileño y demostraron que los colombianos, que anteriormente habían sido importadores, se habían convertido en exportadores de futbolistas al país en el que tanto se habían inspirado.
En gran medida, aquella relación en la que ambas partes salían ganando sólo fue posible gracias a características de personalidad similares entre brasileños y colombianos, que se reflejaban en su forma de jugar al fútbol. “Hay una gran afinidad entre los dos pueblos. Somos optimistas por naturaleza y afrontamos la vida con alegría”, apunta Rincón. “En Colombia siempre se ha visto mucho fútbol brasileño: clásicos como el Flamengo-Fluminense que se retransmitían por televisión, partidos de la selección brasileña... Aquel fútbol preciosista, de regates y combinaciones, y en el que el balón siempre se jugaba raso tuvo una importante influencia en el fútbol colombiano. Intentábamos imitarlo”, añade.
Un partido para la historia
Rincón, que tiene actualmente 47 años, no llegó a ver jugar en directo a Heleno y difícilmente se acordará de la época en que otro genio brasileño escribió en Barranquilla un capítulo de su ajetreada trayectoria. En agosto de 1968, Garrincha vivió una brevísima aventura en el Atlético Junior que pasaría más a la historia del fútbol colombiano que a la del propio astro brasileño, pero que sirvió también para estrechar los lazos existentes entre ambos países.
A punto de cumplir 34 años y en el declive ya de su carrera tras salir del Botafogo, Garrincha fichó por el club de Barranquilla a cambio de una gran cantidad de dinero. El revuelo que provocó en la ciudad colombiana parecía suficiente para asegurar que la inversión había merecido la pena. El problema es que el delantero ya no era el que conquistó dos Copas Mundiales de la FIFA en 1958 y 1962. Con problemas físicos, el astro brasileño había aceptado ir a Colombia más por la promesa de que su amada Elza Soares se encontraría con él allí que por otra cosa.
Sólo seis días después de llegar a Barranquilla, el astro saltó al césped del Romelio Martínez, enloqueció a la afición con alguna arrancada por la derecha y fue ovacionado aun sin haber hecho un gran partido y pese a la derrota por 2-3 que su equipo sufrió ante el Independiente de Santa Fe. Poco después, la incontrolable nostalgia que sentía por Elza llevó a Garrincha a dejar el Hotel Majestic y, aunque dijo que en Colombia se sentía como en casa, el delantero se fue a Brasil para nunca más volver.
La brevísima aventura no tuvo un final feliz, pero dejó huella en el imaginario del fútbol colombiano. No en vano, muchos brasileños, como Dida, Quarentinha, Paulo César Caju, Tim, Teixeira Lima, Mengálvio y Othon da Cunha, entre otros, acabarían dejando, cada uno a su  manera, una marca indeleble en quienes tuvieron la suerte de vivir los años dorados del campeonato colombiano.
Uno de aquellos afortunados, el periodista y poeta local Hugo Illera, recuerda un caso con especial cariño. “Cuando era pequeño le llevaba el equipaje a Dida al entrar al estadio. Nunca lo olvidaré”, cuenta, emocionado, a FIFA.com. “Un día, después de un partido, lo invité a mi casa. El barrio se revolucionó y mi casa parecía un carnaval. Vino con Quarentinha, Roberto do Amaral y Paulo César Lima. Dida era el diez de la selección brasileña hasta que llegó Pelé, y le encantaban los niños”, añade.
Inspiración y superación
La época en que estrellas brasileñas –y también de toda Sudamérica e incluso de Polonia– exhibieron su talento en los estadios de Colombia resultó una fuente de inspiración y un punto de inflexión en la evolución del fútbol de este país. La prueba de que la selección cafetera creció en los años siguientes está en las cifras de los enfrentamientos entre los combinados de ambos países.
Hasta 1985, cuando venció por primera vez a Brasil, Colombia había sido un blanco fácil para los delanteros auriverdes, como demuestran las goleadas por 5-0, 9-0 y 6-0 que sufrió en 1949, 1957 y 1977, respectivamente, y las ocho victorias que Brasil le infligió en los diez partidos que ambos habían disputado hasta entonces. Sin embargo, el duelo se ha equilibrado en los últimos tiempos y los cuatro enfrentamientos más recientes entre ambas selecciones se han saldado con empate, una muestra de que la admiración se ha transformado en superación.
No es casualidad que el crecimiento de Colombia haya tenido lugar de forma paralela a la llegada de jugadores colombianos a clubes brasileños. Mientras que Rincón; Asprilla, que triunfó en el Palmeiras; Aristizábal, un héroe para las aficiones del São Paulo y del Cruzeiro; y Muñoz dejaron huella entre los años noventa y el principio de la década de 2000, los encargados de profundizar en la relación entre colombianos y brasileños en los últimos años han sido jugadores como Fabián Vargas, Pablo Armero, Edwin Valencia, Wason Rentería, Edixon Perea y, el más reciente, Dorlan Pabón.
Al igual que la antigua generación, esta nueva hornada, y probablemente también muchas otras que vendrán, creció admirando a los astros brasileños, como demuestra Jackson Martínez, estrella de la actual selección colombiana, que, aunque prefiere no arriesgarse a responder en portugués, entiende perfectamente esta lengua.
“Siempre me ha gustado mucho el fútbol brasileño, y el jugador que más he admirado desde pequeño ha sido Ronaldo. Cuando Aristizábal y Muñoz estuvieron en la liga brasileña también veía muchos partidos del Santos, del São Paulo y de los equipos que jugaban la Libertadores”, explica el delantero del FC Porto a FIFA.com. “Se trata de un fútbol con un talento increíble. Incluso me atrevería a decir que es único en el mundo. Está claro que el éxito de Brasil ha influido en el crecimiento del fútbol colombiano”, sentencia.
Al final de la presente temporada, Jackson volverá a Sudamérica para disputar la Copa Mundial de la FIFA™. Una vez más, la selección colombiana llega a la cita mundialista en un gran momento, como cabeza de serie del Grupo C, y con una motivación adicional para soñar con hacerlo mejor todavía que en las citas mundialistas de los noventa.
“Jugar en Brasil motiva mucho”, asegura Rincón. “La afinidad entre los dos países nos puede resultar muy útil. Los colombianos conocen bien Brasil, que es un país muy parecido al nuestro. Estoy convencido de que Colombia será recibida magníficamente y de que se sentirá como en casa”, añade. No en vano, Brasil es ya el hogar de más de 10.000 emigrantes colombianos, y los dos países esperan que la pasión que comparten por el buen fútbol les permita llegar muy lejos en la cita mundialista.

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